Lavandería
Hola.
¿Me das licencia para contarte…
que cada vez que lo pienso…me asusto?
Te conocí en una lavandería de Brooklyn.
Eras fotógrafo, locuaz, tímido, ojiazul.
Que yo ya no sé hacer estas cosas, pensé.
¿Detergente? ¿Sushi? ¿Almohada? ¿Alcohol?
Me costó ponerle ingredientes a tu mezcla.
Me revelaste en sepia.
Te cedí los derechos de autor.



Jajajaja, es mi preferida, sin lugar a dudas. Aunque no haya quién carajo los entienda, imagino, tienen sabor a Tribunal de sábado, a Mamá Inés y cuaderno de tapas duras. Y a la combustión que provocamos de tus peceras y las mías.
Olé.
Qué bien me lo pasé.
Cuando vuelvas, con calor y más cerveza, repetimos.
Mua.
Releyendo tu ración de versos el otro día me descubrí (tú dirás por humilde, yo diré por ojo maravillado e individuo enamorado del talento) recogiendo pedacitos de admiración por tus letras. Sentí ese mismo escalofrío que me pilla ante las letras de mis grandes, esos de los que dejo libros atemporales en Madrid que no me puedo llevar, por pesados (Montero siempre será excepción).
El caso es que sentí un escalofrío. Sentí LA pregunta: Cómo pudo poner ESTO en palabras? Cómo se le ocurrió?
Jodida genialidad, amiga.
Deberías escribir más.
Admirándo-te,
Almu
Bua, mi peza, qué bien sientan estas descargas de estima, de cuando en cuando…
Si no fuera porque -tú dirás por humilde, yo lo digo convencida- sé de sobra que mis letras no han dejado entrever nada realmente bueno hace mucho tiempo.
Pero debo agradecerte, tus palabras me han emocionado, y no sólo… Después de leerte he agarrado el teléfono y me he inscrito en el curso de Periodismo Literario de Fuentetaja. Lo llevaba tiempo pensando y hoy tus palabras me han dado el último empujoncito. Ya es hora de darle otra oportunidad a la razón por la que escogí este oficio. Y tú has ayudado a eso…
Gracias siempre, peza.
Siempre juntas.
Mua…
Qué bien, qué envidia…
Aprenderás y te inspirarás por las dos?
Cuéntame a lo largo del camino…