Profesión despiadada, profesión humana
Soy psicóloga, soy contable, soy escritora.
Soy adivina, aprendiz de mil y un artes.
Soy analista y moralista. Soy sabueso.
Soy malabarista. Vendedora de ideas y almas como el que vende seguros.
Soy, a veces, un hombro; alguien que se parece a un amigo.
Soy propietario de historias que consigo con mi carácter.
Soy débil, soy insensible.
Soy también coraje del que muchos se asombran.
Lloro.
Porque mis líneas no ayudan como desearía.
Porque el poner el punto me obliga a olvidar ojos, desgracias, vidas
con las que juré identificarme.
Porque no traen cambio.
Porque siempre pueden estar mejor escritas.
Porque siempre pueden ser más leídas,
conmover más.
Porque no tengo valor para llamar a esa puerta.
De nuevo.
Porque asesinaron a tu hijo hace tres meses.
Porque vi tu rostro de aflicción en el novenario.
Porque sé que puedes querer hablar de todo y de nada.
Porque no creo en nosotros, los periodistas, como especie.
Era.
Era tan joven.
Profesión neutral, ¿profesión equivocada?
Ayer te amé, esquiva profesión
de retratos anclados en el hoy y en la carne.
La libertad, la incertidumbre de tu curso,
el hambre que llega, la real falta de glamour.
La posibilidad del contar. Con algún fin, quizá.
Hoy, sin embargo, a esa pasión
le faltan un par de grados
y le sobra mucha mierda.
Muchas historias escritas rápido.
Mucho “Así es”. “Así será”.
Pídeme todo salvo que sea neutral.
Enséñame a que sea prudente, no objetiva.
No quiero calzarme tal patraña, no me va.
Entréname la voz, no me hagas una pluma más.
¿No te das cuenta?
Interpretando ese papel
soy mediocre.
No me cortes las alas.
Págame por no ser neutral.
Y devolvámosle el favor
a aquellos que retratamos.


